Cómo manejar tus gastos si estás empezando a viajar por primera vez

Nunca olvidaré mi primer viaje sin mis padres. Tenía 18 años, unas ganas tremendas de conocer la ciudad, probar cosas nuevas y vivir experiencias que siempre había visto en videos o en fotos de amigos. Lo que no tenía tan claro era cómo manejar mi dinero en ese contexto. Ese viaje fue una especie de prueba en la que aprendí mucho más de lo que esperaba —no solo sobre turismo, sino sobre cómo el dinero se va más rápido de lo que imaginas cuando no tienes un plan.

Cuando estás en casa, es fácil saber en qué gastas tu dinero: el transporte es el mismo, la comida y las rutinas no cambian. Pero cuando estás en un lugar nuevo, todo parece una oportunidad de gasto. Un café especial en una plaza bonita, una entrada para ver algo nuevo, una compra inesperada en una tienda que solo vas a ver ahí. Todas esas pequeñas decisiones se suman, y cuando menos te das cuenta, tu saldo empieza a bajar más rápido de lo que habías planeado.

Lo que aprendí desde el primer día es que viajar con dinero no es igual que vivir con dinero. En casa, hay rutina. En un viaje, hay tentaciones constantes. Y si no estás preparado, tu saldo puede evaporarse en un abrir y cerrar de ojos.

Preparar el viaje con intención

Antes de salir, hice algo que recomendaría cien veces: anotar cuánto dinero tenía disponible para gastar durante el viaje. No solo lo que llevaba en efectivo, sino también lo que podía sacar con la tarjeta si hiciera falta. Eso me dio un tope claro, algo tan simple que cambia cómo piensas cuando estás por gastar.
Pero no bastó con eso. También dividí ese dinero en tres partes: gastos esenciales, experiencias importantes y “caprichos”. Los gastos esenciales eran transporte, comidas básicas y alojamiento. Las experiencias importantes eran cosas que realmente quería hacer —por ejemplo, entrar a un museo, hacer un tour o probar una comida típica. Los caprichos eran gastos opcionales, como un helado extra o un souvenir que “molaba”.

Esta división hizo dos cosas: por un lado, me permitió disfrutar sin culpa, porque sabía que gastar en experiencias que había planificado era parte del objetivo del viaje. Por otro lado, evitar gastar en cosas impulsivas que no iban a aportarme nada real después de haber pasado el momento.

Preparar una “lista de prioridades”

En uno de los primeros días, casi compro varias cosas que no tenía planeadas. Estaba caminando por una calle con tiendas y vi muchas cosas que me gustaban: camisetas, gadgets pequeños, recuerdos que parecían especiales. En ese momento sentí algo común cuando viajas por primera vez: la ilusión de que si lo quieres ahora, debes comprarlo ahora.

Pero entonces recordé la lista que había hecho antes de salir: cosas que realmente quería hacer y cosas que eran secundarias. Me detuve, respiré y decidí seguir con mi lista. Ese simple momento hizo que conservara dinero para una experiencia que sí me importaba: un tour con cena incluida que había estado esperando desde que empecé a planear el viaje.

Ese día entendí que no solo necesitas una lista de gastos, sino una lista de prioridades: aquellas cosas que realmente valen la pena para ti. Todo lo demás puede esperar —y muchas veces, más adelante, ni siquiera lo recuerdas.

Dinero inesperado: la regla del colchón

En viajes siempre ocurre algo inesperado: un autobús que cuesta más, un cambio de planes o incluso una comida que resulta más cara de lo esperado. Por eso, antes de salir, decidí reservar una pequeña parte de mi dinero como colchón para imprevistos. Este dinero no era para gastar en turismo, sino para cualquier cosa que pudiera surgir sin planificación.

Ese colchón fue una de las mejores decisiones que tomé. Lo usé para pagar un taxi al aeropuerto cuando mi bus se retrasó, y no tuve que preocuparme por quitar dinero de mi presupuesto de experiencias. Aprendí que siempre vale la pena tener un pequeño margen para lo inesperado cuando viajas —o incluso en la vida diaria.

Cómo evitar gastar de más sin sentir que te lo estás perdiendo

Al principio del viaje me comparaba con otros turistas: veía lo que otras personas compraban o cómo gastaban dinero sin pensarlo, y por un momento sentí que yo estaba “siendo tonto” al no hacerlo. Pero cuando pensaba mejor en ello, me daba cuenta de algo importante: yo no había viajado para comprar souvenirs baratos. Había viajado para vivir experiencias que realmente me iban a quedar en la memoria. Esa diferencia es la clave.

Una forma que me ayudó a no gastar de más fue hacer una simple pregunta cada vez que quería comprar algo:
¿Esta compra me va a traer algo que realmente valga la pena recordar dentro de un año?

Si la respuesta no era un sí lo suficientemente fuerte, lo dejaba pasar. Esa pregunta puede sonar sencilla, pero te ayuda a separar los caprichos pasajeros de las decisiones que realmente suman valor a tu experiencia.

El balance al final: más aprendizaje que dinero gastado

Al final de ese viaje, no tenía souvenirs caros ni compras impulsivas. Tenía experiencias —y muchas fotos y recuerdos que valían mucho más para mí. Y lo mejor de todo es que no terminé con una sensación de culpa financiera. Sabía que cada decisión que tomé tenía un propósito y que había disfrutado plenamente sin gastar de más.

Ese viaje cambió mi forma de ver el dinero en todos los aspectos de mi vida. No solo en viajes, sino también al vivir el día a día: ahora pienso dos veces antes de gastar, priorizo lo que realmente importa y, sobre todo, disfruto más con lo que realmente me aporta valor.

Porque viajar y aprender no solo es ver lugares nuevos, es aprender a tomar decisiones, incluso con dinero.

Por Oier

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