Durante mucho tiempo pensé que sabía en qué gastaba mi dinero. No ganaba muchísimo, así que asumía que todo estaba más o menos controlado. Pagaba mis cosas, salía algunos días, compraba algo de vez en cuando y, cuando miraba la cuenta, simplemente había menos dinero del que esperaba. Nada raro, pensaba.
El problema es que esa sensación de “no sé muy bien dónde se ha ido” empezó a repetirse demasiado. No estaba gastando en cosas grandes, pero aun así me costaba ahorrar. Siempre había alguna excusa: un cumpleaños, una salida improvisada, una compra pequeña que no parecía importante.
Hasta que un día decidí hacer algo que parecía aburrido pero que terminó cambiando bastante mi forma de ver el dinero: apuntar absolutamente todos mis gastos durante un mes.
No solo los grandes. Todos.
El café rápido antes de entrar a clase. La suscripción que casi había olvidado. El pedido de comida porque no tenía ganas de cocinar. Todo.
Al principio fue incómodo
Los primeros días fueron raros. Cada vez que gastaba algo tenía que pararme un momento y anotarlo. Era incómodo porque me obligaba a mirar de frente decisiones que normalmente hacía en automático.
Cuando pagas sin pensar, el dinero parece casi invisible. Pasas la tarjeta o el móvil y ya está. Pero cuando sabes que luego vas a escribir ese gasto, algo cambia. Empiezas a preguntarte si realmente merece la pena.
No dejé de gastar de golpe, pero sí empecé a notar que algunas cosas ya no me apetecían tanto cuando era consciente del coste real.

El primer descubrimiento: los gastos pequeños sí importan
Siempre había escuchado eso de que los gastos pequeños se acumulan, pero nunca lo había visto tan claro hasta que lo vi escrito.
Un día gastaba tres euros aquí, cinco allá, ocho en algo que parecía insignificante. Individualmente no parecían nada. Pero al final de la semana, la suma era bastante más grande de lo que imaginaba.
No era un gasto enorme, pero sí suficiente como para explicar por qué nunca llegaba a final de mes con la cantidad que esperaba ahorrar.
Lo curioso es que no sentía que estuviera viviendo mejor por esos gastos. Muchos ni siquiera los recordaba unos días después.
Eso fue lo que más me sorprendió: estaba gastando dinero en cosas que no me aportaban nada real.
El segundo descubrimiento: gastar depende mucho del momento
Otra cosa que noté es que mis gastos no eran aleatorios. Tenían patrones.
Gastaba más cuando estaba aburrido, cuando salía sin plan previo o cuando estaba cansado y buscaba la opción más cómoda. Por ejemplo, pedir comida era mucho más frecuente los días en los que había dormido mal o había tenido un día largo.
También gastaba más después de pasar tiempo en redes sociales. Veía algo, me parecía buena idea y acababa comprándolo sin haberlo pensado demasiado.
Entender esto fue importante porque me hizo ver que el problema no era solo el dinero, sino el contexto en el que tomaba decisiones.
No se trataba de prohibirme gastar, sino de entender cuándo era más fácil caer en gastos innecesarios.
El error que casi cometo
A mitad de mes estuve a punto de hacer algo típico: intentar recortar todo de golpe. Cuando ves claramente en qué gastas, la reacción natural es querer eliminarlo todo.
Pero me di cuenta de que eso no era realista. Si pasas de gastar sin control a no permitirte nada, lo más probable es que acabes cansándote y vuelvas al punto inicial.
En lugar de eso, decidí algo más simple. Elegí dos gastos que realmente no me aportaban nada y los reduje. Solo eso.
El cambio fue pequeño, pero sostenible. Y eso hizo que fuera mucho más fácil mantenerlo en el tiempo.
Lo que cambió después de ese mes
Lo más curioso es que después de ese mes ya no necesitaba apuntarlo todo. Solo el hecho de haberlo hecho una vez cambió mi forma de pensar.
Ahora, antes de gastar, muchas veces me viene automáticamente la pregunta: ¿esto me compensa de verdad?

No siempre digo que no. Sigo saliendo, sigo comprando cosas que me gustan y sigo teniendo caprichos. La diferencia es que ahora suelen ser decisiones conscientes, no impulsos del momento.
También empecé a separar mentalmente los gastos que me hacen feliz de los que simplemente llenan un rato de aburrimiento. Y cuando tienes que elegir, esa diferencia importa mucho.
Un ejemplo práctico que me ayudó
Algo que me funcionó fue dividir mis gastos en tres grupos muy simples:
Gastos necesarios, como transporte o comida básica.
Cosas que disfruto de verdad, como salir con amigos o alguna afición.
Gastos que simplemente ocurren sin pensar.
El objetivo no era eliminar el segundo grupo, sino reducir el tercero. Y solo con eso ya noté mejora.
Porque muchas veces creemos que ahorrar significa dejar de disfrutar, cuando en realidad significa dejar de gastar en cosas que ni siquiera recordamos.
La lección más importante
Si algo aprendí de ese mes es que el dinero no se pierde de golpe. Se va poco a poco, en decisiones pequeñas que parecen insignificantes.
Y lo más peligroso es que, cuando no lo ves, no puedes cambiarlo.
Apuntar mis gastos no me hizo perfecto con el dinero, pero sí me hizo más consciente. Y para alguien de 18 años que está empezando a manejar su propio dinero, esa conciencia vale mucho más que cualquier truco para ahorrar rápido.
Porque al final no se trata de gastar menos por obligación, sino de gastar mejor.
Ahora sigo equivocándome algunas veces. Todavía hay meses en los que gasto más de lo que debería. Pero al menos sé por qué pasa, y eso hace que sea mucho más fácil corregirlo la siguiente vez.
Y si algo tengo claro después de esa experiencia es que entender en qué se va tu dinero es probablemente el primer paso real para empezar a controlarlo.
