Cómo casi arruino mi verano por no planificar mis gastos

El verano pasado fue un desastre financiero… y no por culpa de alguien más, sino por mí mismo. Todo empezó con la típica sensación de libertad: no había clases, tenía algo de dinero ahorrado y pensaba que podía gastarlo como quisiera. La idea de vivir el verano a tope me parecía genial, pero pronto me di cuenta de que la improvisación puede salir muy cara.

Al principio todo parecía bajo control. Tenía dinero para salir con amigos, pagar algún viaje pequeño y darme algún capricho. Pero cada día surgía algo: una salida inesperada, un helado, un partido de fútbol, una camiseta que “no podía dejar pasar”. Cada gasto por sí solo parecía insignificante, pero al acumularse, empezaba a hacer mella en mi presupuesto.

Una tarde, revisando mi cuenta, me llevé un buen susto. Había gastado mucho más de lo que había calculado. No era una cantidad absurda, pero sí suficiente para hacerme sentir incómodo y preocuparme. Ese momento fue un golpe de realidad: mis decisiones impulsivas me estaban alejando de los planes que realmente quería cumplir ese verano.

Lo primero que hice fue sentarme y anotar todos los gastos que había tenido desde que empezó el verano. Cafés, transporte, snacks, entradas a eventos, algún que otro regalo improvisado… todo estaba ahí. Me sorprendió ver cómo pequeñas cantidades que parecían irrelevantes se habían comido casi todo el presupuesto. Incluso algunas compras que no recordaba al instante, como una bebida cara en el cine o una suscripción que había renovado sin darme cuenta, aparecían en la lista y me daban un escalofrío.

Fue entonces cuando entendí algo importante: la mayoría de los problemas financieros no vienen de grandes compras, sino de cientos de decisiones pequeñas que tomamos sin pensar. Ese verano aprendí que ser consciente del dinero no significa dejar de disfrutar, sino elegir con intención. Cada café, cada salida, cada snack tiene un costo real si lo sumas al final del mes. Y lo peor es que esos gastos muchas veces no nos aportan nada duradero, solo un instante de satisfacción que desaparece rápido.

Decidí entonces ajustar mis planes. No podía recuperar el dinero perdido, pero sí podía aprender de ello. Empecé a priorizar lo que realmente quería hacer: un viaje corto con amigos, pasar más tiempo en un curso de verano que había estado esperando y ahorrar para una entrada a un concierto que quería. Todo lo demás lo recorté o pospuse. Esa decisión me permitió seguir disfrutando sin sentir que estaba completamente fuera de control, y también me enseñó que planificar no quita diversión, la potencia.

Una de las cosas que más me ayudó fue hablar con alguien de confianza sobre mi situación. Mi hermano mayor me dio un consejo sencillo: “Piensa en lo que quieres recordar de este verano dentro de un año. ¿Será ese café de cada tarde o ese viaje con tus amigos?” Esa frase me hizo replantearme muchos gastos y tomar decisiones más conscientes. No se trataba de dejar de gastar, sino de gastar en lo que realmente importa.

Otro aprendizaje importante fue que planificar no es aburrido, es liberador. Al final, me di cuenta de que podía disfrutar mucho más con menos gastos, simplemente siendo más consciente y organizando un poco mis actividades. Pude comprar algo de ropa, salir con amigos y ahorrar para un pequeño viaje sin sentirme agobiado. Además, notar que estaba tomando el control me dio más confianza para enfrentar otros aspectos de mi vida.

Ese verano también me enseñó a anticipar imprevistos. Siempre pensaba que tenía “suficiente dinero” hasta que aparecía algo inesperado. Aprendí a reservar un pequeño fondo para gastos que no había previsto y, aunque al principio me parecía un desperdicio, terminó siendo mi salvavidas varias veces. Por ejemplo, uno de mis amigos decidió hacer un viaje improvisado y podía unirme, pero no estaba en mi planificación original. Gracias a ese pequeño colchón, pude disfrutarlo sin preocuparme por afectar mis otros planes.

Además, comprendí que no se trata solo de ahorrar, sino de entender los hábitos que llevan al gasto impulsivo. Noté que gastaba más cuando estaba aburrido, cuando pasaba mucho tiempo en redes sociales o cuando veía a otras personas comprar cosas que yo también quería. Identificar estos patrones fue clave para empezar a tomar decisiones más conscientes. Por ejemplo, empecé a ponerme un límite de tiempo en el móvil y a evitar compras impulsivas mientras navegaba por apps.

Mirando atrás, no se trató solo de ahorrar dinero, sino de aprender a tomar decisiones. Comprendí que a veces es mejor decir no a algo que parece divertido en el momento para decir sí a algo que realmente importa después. Y esa lección, aunque dolorosa, me ha acompañado desde entonces en todas mis decisiones financieras.

Ahora, cuando empieza cualquier periodo de tiempo con dinero “libre” —ya sea verano, Navidad o incluso un fin de semana largo— intento planificar mentalmente en qué quiero gastar y en qué no. No hago un presupuesto rígido, solo pienso en lo que realmente me importa y trato de que mis gastos reflejen eso. Por ejemplo, si quiero salir de viaje con amigos, reduzco gastos en otras cosas para poder disfrutarlo sin estrés.

Con el tiempo, también descubrí que pequeñas recompensas hacen que ahorrar sea más fácil. Cada vez que lograba mantener mi presupuesto por una semana, me permitía algo pequeño: un helado, una salida corta o comprar un libro que quería. Esto no arruinaba mi planificación, pero hacía que el proceso fuera más divertido y sostenible.

El verano pasado fue un recordatorio de que la libertad financiera no es tener dinero para gastar, sino saber cómo usarlo para disfrutar sin arrepentimientos. Y aunque todavía cometo errores, al menos ahora los cometo de forma consciente y aprendo de ellos en lugar de repetirlos por falta de planificación. Aprender a gastar con intención me ha dado más control sobre mi vida y sobre mis decisiones, y eso es algo que ningún dinero puede comprar por sí solo.

Al final, la experiencia me enseñó que manejar dinero no es solo cuestión de cuánto ganas o gastas, sino de cómo piensas sobre tus decisiones. Si algo puedo recomendar a otros chicos de mi edad es simple: anoten sus gastos, prioricen lo que realmente importa, aprendan de sus errores y nunca subestimen el poder de un pequeño plan. Con 18 años, todavía estamos empezando, pero los hábitos que creamos ahora nos acompañarán durante años. Y si puedo aprender eso un verano, creo que voy por buen camino para manejar mi dinero de manera inteligente y divertida al mismo tiempo.

Por Oier

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *