Cómo gasté mis primeros ahorros sin pensar (y lo que aprendí)

Cuando empecé a manejar mi propio dinero, pensaba que tener algo ahorrado significaba que podía gastarlo en cualquier momento. No tenía un plan, no tenía prioridades y, sobre todo, no entendía que cada euro que gastas es una decisión que afecta a tu futuro inmediato y, aunque parezca exagerado, también al largo plazo.

Mis primeros ahorros no eran enormes. La mayoría venían de regalos, pequeñas colaboraciones o algún trabajo puntual que conseguía por ahí. Pero para mí era mucho, porque era mi primer dinero propio y sentía que podía hacer lo que quisiera con él. Ese sentimiento de libertad fue intoxicante… y muy peligroso.

Uno de mis primeros errores fue pensar que ahorrar consistía solo en no gastar todo el dinero de golpe, pero sin un objetivo concreto. Simplemente dejaba lo que sobraba de mis ingresos en la cuenta y, cuando veía algo que me apetecía, ahí estaba la excusa perfecta: “bueno, todavía me queda dinero, puedo permitírmelo”.

Eso funciona por un tiempo, hasta que aparece un gasto inesperado. Y créeme, siempre aparece. En mi caso, fue un gasto pequeño pero inesperado: una reparación de algo que ni siquiera planeaba. Entonces me di cuenta de que mi supuesta seguridad financiera era solo apariencia. No tenía un plan, solo números en la cuenta que desaparecían rápido.

Otro gran error fue la justificación emocional. Cada vez que quería comprar algo, mi cabeza decía: “Te lo mereces, trabajaste duro, es tu dinero”. Suena razonable, ¿verdad? Hasta que empiezas a hacer eso cada semana y tu ahorro desaparece más rápido de lo que imaginas. Aquí aprendí que el dinero no solo es una recompensa inmediata, también es una herramienta. Y tratarlo solo como premio momentáneo me enseñó que no estaba utilizando bien mis recursos.

Después de varias semanas viendo cómo mis ahorros se evaporaban, decidí cambiar de estrategia. Lo primero que hice fue categorizar mis gastos. Nada complicado: divido mi dinero en tres cosas principales: gastos esenciales, ahorro o inversión, y caprichos o diversión. Ese simple paso cambió mi perspectiva. Por primera vez, no veía el dinero como algo que “aparece y desaparece”, sino como un recurso que requiere decisiones conscientes.

Un ejemplo práctico: al principio de ese mes, tenía 100 euros ahorrados. Compré una camiseta, un par de videojuegos y salí con amigos varias veces. Al final del mes me quedé sin dinero y tenía que pedir prestado para algo tan básico como transporte. Fue frustrante y vergonzoso. Después de reorganizar mis gastos, la siguiente vez que recibí 100 euros hice lo siguiente: 50 euros para gastos esenciales, 30 euros a mi ahorro y 20 euros para caprichos. El cambio fue casi mágico. No solo me sentía más seguro, sino que también disfrutaba más de mis gastos porque sabía que no estaba comprometiendo lo esencial.

Uno de los aprendizajes más importantes de esa etapa fue entender que no necesitas ganar mucho dinero para aprender a manejarlo. Incluso con cantidades pequeñas se pueden crear buenos hábitos, planificar prioridades y ver los resultados a corto plazo. Al principio pensaba que solo cuando tuviera un trabajo “de verdad” podría ahorrar en serio. Ahora veo que la disciplina se aprende con lo que tienes ahora, no con lo que podrías tener después.

Otro error fue no apuntar en ningún sitio lo que gastaba. Solo confiaba en mi memoria. Grande error. Descubrí que llevar un registro, aunque sea en un cuaderno o en el móvil, cambia completamente tu perspectiva. Cuando vi en números cuánto gastaba en cafés, comida fuera y caprichos, me di cuenta de que podía ajustar pequeños detalles sin sentir que me privaba de nada. Era como abrir los ojos a la realidad de mis decisiones, y eso me ayudó a aprender más rápido que cualquier consejo genérico que hubiera leído en Internet.

Después de varios meses de errores y ajustes, algunos hábitos sencillos empezaron a marcar la diferencia: separar el ahorro primero, revisar gastos semanalmente, evitar compras impulsivas y fijar metas pequeñas. No es magia ni técnicas complicadas, solo sentido común aplicado de manera constante.

El mayor aprendizaje de todo esto no es ahorrar más o gastar menos, sino entender tus propias decisiones y cómo afectan tu libertad y tranquilidad. A mis 18 años, no busco convertirme en un experto financiero ni en millonario. Busco entender cómo manejar lo que tengo y cómo tomar decisiones más inteligentes sin frustrarme. Cada error que cometí con mis primeros ahorros me enseñó algo. Cada pequeño tropiezo me obligó a replantearme hábitos, prioridades y actitudes hacia el dinero. Y ahora quiero compartir esas experiencias, porque creo que otros jóvenes pueden ahorrar tiempo y estrés evitando algunos de esos errores.

Si algo tengo claro después de mis primeros errores es que no aprender de ellos sería un desperdicio. Escribir sobre lo que me pasa con el dinero me ayuda a reflexionar y, además, puede ayudar a otros a no repetir los mismos fallos. Quiero que este blog sea un espacio donde otros jóvenes puedan leer experiencias reales, ver errores y aprendizajes, y aplicar consejos sencillos en su día a día. Nada de fórmulas mágicas, solo experiencias de alguien que también está aprendiendo mientras crece.

Este artículo refleja lo que me ha enseñado manejar mis primeros ahorros sin pensar. Cometer errores fue inevitable, pero también fue la mejor forma de aprender. Si algo queda claro, es que la experiencia real vale más que cualquier teoría, y este blog es mi manera de compartirla.

Por Oier

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