La presión invisible de tener 18 años y sentir que ya deberías “ir por delante”

No sé en qué momento tener 18 años pasó de ser emocionante a ser una especie de examen constante. Se supone que es la edad de descubrir cosas, equivocarte, probar, cambiar de idea… pero muchas veces se siente como si ya tuvieras que tener todo claro. Qué vas a estudiar. A qué te vas a dedicar. Cómo vas a ganar dinero. Qué vas a hacer con tu vida.

Y aunque nadie me lo diga directamente, esa presión está ahí.

La noto cuando alguien me pregunta “¿y tú qué quieres hacer en el futuro?” con esa mirada de evaluación silenciosa. La noto cuando entro a redes sociales y veo a gente de mi edad hablando de negocios, inversiones, proyectos, ingresos online. La noto cuando comparo mi proceso con el resultado final de otros.

Y lo más fuerte es que muchas veces esa presión no viene de fuera. Me la pongo yo.

Hay días en los que me levanto motivado, con ganas de hacer cosas, de avanzar, de aprender. Y otros en los que simplemente estoy perdido. Y antes me castigaba por eso. Pensaba que si no tenía claridad absoluta a los 18, iba tarde. Como si existiera una línea de salida que yo no había visto y todos los demás ya estuvieran corriendo.

Pero la realidad es mucho menos dramática.

Hace unos meses tuve una conversación bastante honesta conmigo mismo. Me pregunté por qué sentía tanta prisa. Y la respuesta fue incómoda: no quería quedarme atrás. No quería ser “uno más”. Quería destacar, hacer algo grande, demostrar que podía construir algo por mi cuenta. Y eso, en teoría, suena ambicioso y positivo.

El problema es cuando esa ambición se convierte en ansiedad.

Cuando empiezas a medir tu valor por lo productivo que has sido esa semana. Cuando un día sin avanzar se siente como un fracaso. Cuando descansar te genera culpa. Cuando ves el éxito de otros y en vez de inspirarte, te comparas.

Yo he pasado por eso. Y no es nada épico.

Recuerdo una semana concreta en la que me obsesioné con “ser más disciplinado”. Me hice un horario casi militar. Horas de estudio, horas de ejercicio, horas para proyectos personales. Todo medido. Los primeros días fue bien. Me sentía imparable. Pero al cuarto día estaba agotado mentalmente. Y cuando no cumplí una parte del plan, en vez de ajustarlo, me frustré.

Ahí entendí algo: no todo lo que suena productivo es sostenible.

Con 18 años estamos aprendiendo a ser adultos, pero seguimos siendo chavales en muchas cosas. Estamos construyendo identidad, criterio, disciplina… todo al mismo tiempo. Y pretender tener la estabilidad mental de alguien de 35 con años de experiencia es poco realista.

Eso no significa conformarse. Significa entender el proceso.

He aprendido que avanzar no siempre es lineal. Hay semanas en las que siento que crezco muchísimo, y otras en las que parece que retrocedo. Pero incluso en esas semanas “malas” estoy aprendiendo algo: cómo reacciono cuando me frustro, qué me desmotiva, qué me afecta más de lo que debería.

También he empezado a aceptar que no tenerlo todo claro no es un defecto. Es una etapa.

Antes me daba miedo decir “no sé”. No sé exactamente a qué me quiero dedicar. No sé dónde voy a estar en cinco años. No sé si lo que me gusta ahora me seguirá gustando después. Pero cuanto más honesto soy con eso, más tranquilo me siento.

Porque la alternativa era fingir seguridad solo para sentir control.

Otra cosa que me ha ayudado mucho es reducir el ruido. No dejar de informarme, pero sí dejar de consumir constantemente contenido que me hace sentir insuficiente. Hay una línea muy fina entre inspirarte y presionarte. Y cuando cruzas esa línea, tu motivación deja de ser sana.

He empezado a enfocarme más en mi propio progreso, aunque sea pequeño. Si esta semana he sido un poco más organizado que la anterior, ya es avance. Si he tomado una decisión más consciente con mi dinero, ya es avance. Si he tenido una conversación incómoda pero necesaria, eso también cuenta.

No todo crecimiento se ve en números.

A veces crecer es aprender a decir que no. O aceptar que necesitas descansar. O reconocer que te has equivocado sin machacarte durante días. Ese tipo de madurez no se sube a redes, pero pesa mucho más en tu vida real.

También me he dado cuenta de que nadie tiene el mapa completo. Ni siquiera los que parecen súper seguros. Cada persona está improvisando en algún nivel. Algunos lo hacen con más experiencia, otros con más confianza, pero todos están resolviendo cosas sobre la marcha.

Entender eso me quitó un peso enorme. No estoy llegando tarde a ninguna parte. No hay una meta universal que deba alcanzar antes de los 20. Lo que hay es un proceso personal que estoy construyendo a mi ritmo.

Sigo teniendo ambición. Sigo queriendo independencia, estabilidad, crecimiento. Pero ya no quiero que eso me robe la paz del presente. No quiero que mis 18 se conviertan en una carrera constante contra una versión idealizada de mí mismo.

Quiero equivocarme sin sentir que arruiné mi futuro. Quiero probar cosas sin la presión de que cada decisión sea definitiva. Quiero avanzar, sí, pero sin dejar de vivir.

Porque si algo estoy empezando a entender es que no se trata solo de “ir por delante”. Se trata de construir una base sólida, aunque sea poco a poco. De conocerte lo suficiente como para tomar decisiones alineadas contigo, no con la comparación.

Tener 18 años no debería sentirse como un examen final. Debería sentirse como el principio de algo. Y los principios son desordenados, confusos y a veces incómodos. Pero también están llenos de posibilidad.

Y sinceramente, prefiero vivirlo así. Sin tener todo resuelto, pero con la intención clara de crecer. Sin ir por delante de nadie, pero sin quedarme parado. A mi ritmo. Con mis errores. Con mis dudas. Y con muchas ganas de aprender en el camino.

Por Oier

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *