Si hay algo que he aprendido en este tiempo manejando mi dinero, es que las decisiones más rápidas suelen ser las más caras. Y no hablo solo de grandes compras. A veces lo que más duele no es el precio, sino darte cuenta de que no lo necesitabas.
Recuerdo perfectamente esa compra. Había visto un producto durante semanas en redes sociales. Todo el mundo hablaba de él, parecía útil, moderno, casi imprescindible. Cada vez que abría el móvil me aparecía un anuncio diferente. Al final, un día aburrido por la tarde, lo compré. Sin pensarlo demasiado ni comparar precios, ni preguntarme si realmente lo necesitaba.
En ese momento sentí una pequeña euforia. Esa sensación de “ya es mío”. Creo que todos la hemos sentido alguna vez. Es rápida, intensa… y dura muy poco.
Al día siguiente, cuando la emoción desapareció, llegó la pregunta incómoda: ¿para qué lo compré realmente?
No era algo urgente. Tampoco solucionaba ningún problema real. Y era una inversión. Era simplemente algo que me apetecía en ese momento. Y lo peor no fue el dinero en sí, sino darme cuenta de que había decidido en automático.
Ahí entendí algo importante: muchas compras impulsivas no nacen de la necesidad, nacen del aburrimiento, de la comparación o de la emoción del momento.

En mi caso, fue una mezcla de todo. Estaba pasando más tiempo en redes sociales, veía a otras personas usando ese producto y, sin darme cuenta, empecé a sentir que lo necesitaba también. Como si tenerlo me pusiera al mismo nivel.
Pero la realidad es que nadie necesitaba que yo lo comprara. Solo mi impulso.
Cuando revisé mis cuentas esa semana, vi que esa compra había retrasado uno de mis objetivos de ahorro. No de forma dramática, pero sí lo suficiente como para molestarme. Fue como sabotearme a mí mismo.
Ese día decidí aplicar una regla sencilla que ahora intento seguir siempre: la regla de las 24 horas.
Cada vez que quiero comprar algo que no es esencial, espero al menos un día. Si después de 24 horas sigo pensando que lo necesito y encaja en mi presupuesto, entonces lo considero. Si no, probablemente era solo un impulso. Lo curioso es que la mayoría de las veces, al día siguiente ya no me parece tan importante.
Otra cosa que aprendí es que las compras impulsivas suelen tener un patrón. En mi caso, aparecen cuando:
- Estoy aburrido.
- Me comparo con otras personas.
- Me siento estresado.
- Paso demasiado tiempo viendo anuncios o redes sociales.
Identificar eso fue clave. Porque no se trata solo de controlar el dinero, sino de entender qué emociones están detrás de cada gasto.
También entendí que prohibirme todo no era la solución. Intenté durante un tiempo no comprar absolutamente nada “innecesario”, y eso solo hizo que cuando finalmente gastaba, lo hiciera sin control. La clave no es eliminar el ocio o los caprichos, sino darles un espacio consciente dentro del presupuesto.
Ahora, cuando quiero algo, me hago tres preguntas simples:
- ¿Lo necesito o solo lo quiero ahora?
- ¿Encaja dentro de mi dinero para caprichos?
- ¿Estoy sacrificando algo más importante por esto?
Puede parecer exagerado para algo pequeño, pero esas preguntas me han ahorrado bastante dinero… y muchos arrepentimientos.

Con 18 años es fácil pensar que el dinero siempre volverá. Y en parte es verdad: puedes trabajar más, ganar más, conseguir ingresos nuevos. Pero el hábito de decidir sin pensar puede quedarse contigo mucho tiempo si no lo corriges pronto.
Lo que más me marcó de esa compra no fue el producto en sí. Fue darme cuenta de que no estaba tomando decisiones conscientes. Estaba reaccionando.
Y creo que esa es una de las lecciones más importantes que estoy aprendiendo: manejar dinero no es solo sumar y restar, es aprender a decidir con calma.
Hoy sigo comprando cosas que me gustan. No me he convertido en alguien que solo ahorra y nunca disfruta. Pero ahora intento que cada compra tenga sentido dentro de mis prioridades. Y si me equivoco, al menos intento entender por qué lo hice.
Porque al final, este blog trata justo de eso. No de ser perfecto con el dinero, sino de aprender mientras creces. De equivocarte, analizarlo y hacerlo un poco mejor la próxima vez.
Aquella compra impulsiva no arruinó mis finanzas. Pero sí me enseñó algo que vale mucho más que lo que pagué por ella: que la emoción dura minutos, pero las decisiones financieras se acumulan durante años.
Y si puedo aprender eso a los 18, creo que voy por buen camino.
