Durante mucho tiempo pensé que mi problema era que no tenía suficiente dinero. Me repetía eso constantemente: “Si ganara más, estaría tranquilo”, “Si tuviera un poco más ahorrado, no me preocuparía tanto”, “Si pudiera permitirme ciertas cosas, todo sería más fácil”. Y supongo que es una idea bastante común cuando tienes 18 años y estás empezando a manejar tu propio dinero. Pero con el tiempo me di cuenta de algo incómodo: el problema no era cuánto tenía, sino cómo pensaba sobre lo que tenía.
Recuerdo una etapa en la que cada vez que cobraba algo —ya fuera por un pequeño trabajo, por ayudar en algo puntual o por cualquier ingreso extra— mi cabeza automáticamente pensaba en gastarlo. No en todo, pero sí en una buena parte. Era como si el dinero quemara en mis manos. Si entraban 100 euros, ya estaba imaginando qué podía comprar. Y si no me los gastaba, sentía que me estaba perdiendo algo. No había un plan, no había intención, solo impulso. Y lo peor es que después venía la frustración cuando veía que mi cuenta bajaba más rápido de lo que subía.
El punto de inflexión no fue un momento dramático, sino algo mucho más simple: empecé a observar mis propias reacciones. Me di cuenta de que asociaba el dinero con recompensa inmediata. Si había tenido una semana pesada, merecía gastarlo. Si había hecho algo bien, merecía gastarlo. Si estaba aburrido, también. El dinero se había convertido en una especie de botón emocional. Y cuando algo se convierte en una respuesta automática a tus emociones, deja de ser una herramienta y empieza a ser un problema.

Fue ahí cuando entendí que el dinero, en sí mismo, no tiene intención. No es bueno ni malo. No te arruina la vida ni te la arregla. Lo que realmente marca la diferencia es la mentalidad con la que lo gestionas. Empecé a hacer algo muy sencillo pero poderoso: antes de gastar, me preguntaba por qué quería hacerlo. No si podía permitírmelo, sino por qué quería hacerlo. A veces la respuesta era clara y válida, como salir con amigos o comprar algo que realmente necesitaba. Pero otras veces la respuesta era más incómoda: aburrimiento, comparación con otros, impulso del momento.
También me di cuenta de que compararme constantemente era una fuente enorme de presión. Veía a gente de mi edad viajando, comprando cosas nuevas, saliendo cada fin de semana, y pensaba que yo debía hacer lo mismo. Pero nunca sabía si esas personas estaban ahorrando, si tenían deudas o si simplemente estaban priorizando cosas diferentes. Comparar tu realidad financiera con la versión filtrada de la vida de otros es una receta perfecta para tomar malas decisiones. Cuando dejé de competir con lo que veía en redes y empecé a centrarme en mis propios objetivos, todo se volvió más claro.
Otra cosa que cambió mi forma de pensar fue entender que el dinero representa tiempo. Cada euro que gasto representa minutos u horas de mi vida que he dedicado a conseguirlo. Cuando empecé a verlo así, muchas compras impulsivas dejaron de tener sentido. No porque estuviera obsesionado con ahorrar, sino porque entendí que estaba intercambiando tiempo por cosas que muchas veces ni siquiera recordaría una semana después. Esa perspectiva me hizo valorar mucho más cada decisión financiera, sin volverme extremo ni dejar de disfrutar.
También tuve que aceptar que no pasa nada por cometer errores. Antes, si gastaba de más en algo innecesario, me castigaba mentalmente durante días. Me decía que era irresponsable, que nunca iba a aprender, que siempre iba a estar igual. Pero esa actitud solo generaba más ansiedad y, curiosamente, más malas decisiones. Cuando cambié el enfoque y empecé a ver cada error como información, todo mejoró. Si gastaba de más en salidas un mes, no me machacaba; analizaba qué había pasado y ajustaba el siguiente. Ese cambio de mentalidad hizo que el dinero dejara de ser una fuente constante de estrés.
Con el tiempo entendí que la tranquilidad financiera no viene de tener muchísimo dinero, sino de sentir que tienes el control. Y el control no significa no gastar, sino decidir conscientemente cuándo hacerlo y cuándo no. Significa saber que puedes decir que no a algo hoy sin sentir que te estás perdiendo la vida. Significa tener claro qué cosas realmente te aportan valor y cuáles solo llenan un momento. Cuando tienes esa claridad, incluso cantidades pequeñas de dinero se sienten suficientes, porque sabes que las estás gestionando con intención.

Hoy sigo aprendiendo. Sigo teniendo momentos en los que me apetece gastar sin pensar demasiado. Sigo equivocándome. Pero la diferencia es que ahora soy consciente de lo que está pasando por mi cabeza cuando ocurre. Ya no veo el dinero como algo que simplemente entra y sale sin explicación, sino como una herramienta que puedo usar para construir algo más grande: estabilidad, libertad, opciones. Y esa sensación de estar construyendo, aunque sea poco a poco, cambia completamente la relación que tienes con cada euro.
Si algo he aprendido con 18 años es que trabajar la mentalidad financiera es tan importante como ganar más dinero. Puedes aumentar tus ingresos, pero si sigues pensando igual que antes, el resultado será el mismo. En cambio, si aprendes a gestionar bien poco, cuando tengas más estarás preparado. Y para mí, ahora mismo, eso es lo más valioso: saber que no necesito tenerlo todo resuelto hoy, pero sí puedo empezar a pensar diferente desde ya.
