Hasta entonces, mi relación con el dinero había sido bastante básica: ganar, gastar, ahorrar un poco y aprender de mis errores. Nunca había pensado en invertir ni en usar herramientas digitales para que mi dinero creciera por sí solo. Todo cambió cuando un amigo me habló de una app de ahorro que te permitía invertir cantidades pequeñas y automáticas. Sonaba sencillo y seguro, así que decidí probar.
Al principio estaba nervioso. Nunca había puesto mi dinero en algo que “trabajara solo” para mí. Mi primer pensamiento fue: “¿Y si pierdo todo?”. Era un miedo real, porque con 18 años, cualquier cantidad que tienes parece valiosa. Pero decidí que valía la pena aprender y arriesgar una pequeña cantidad para ver cómo funcionaba en la práctica.
Empecé con un depósito mínimo, apenas unos euros cada semana. Lo primero que noté fue lo fácil que era olvidarse de que ese dinero existía. La app lo apartaba automáticamente, y yo no tenía que mover un dedo. Eso era bueno y malo a la vez: bueno porque me obligaba a ser constante, malo porque no comprendía del todo qué estaba haciendo con ese dinero.

Al cabo de unas semanas, vi que los pequeños montos empezaban a sumar un poquito más de lo que esperaba. No era mucho, pero fue suficiente para darme cuenta de que la inversión no es solo para ricos ni para expertos, sino que cualquiera puede empezar poco a poco y aprender en el camino.
Cometí errores, claro. No leí todo sobre cómo funcionaba la app ni investigué los riesgos. Aprendí que aunque las apps prometen facilidad, es importante entender qué hace tu dinero y cómo se mueve, incluso si la cantidad es pequeña. También descubrí que mi paciencia era limitada: quería ver resultados rápidos y me frustraba cuando los números apenas cambiaban. Ahí entendí que invertir no es lo mismo que gastar; requiere constancia y visión a largo plazo.
Otro aprendizaje fue sobre control emocional. Al principio quería retirar el dinero al primer signo de ganancia o pérdida mínima. Aprendí que reaccionar impulsivamente arruina el aprendizaje. Dejar que el dinero trabajara mientras yo observaba y registraba resultados fue más valioso que cualquier ganancia inmediata.
Además, esta experiencia me enseñó que aprender a invertir no significa arriesgar todo. Empecé con poco, como una práctica, y a medida que entendía mejor cómo funcionaba, podía aumentar gradualmente la cantidad. Esa misma estrategia se aplica a cualquier inversión futura: empezar pequeño, aprender de los errores y tomar decisiones más inteligentes con el tiempo.
Después de unos meses, no solo tenía algo de dinero extra, sino también confianza y conocimiento. Saber cómo funciona una pequeña inversión, aunque mínima, me dio la sensación de control y seguridad que antes no tenía. Me di cuenta de que aprender a manejar dinero no es solo ahorrar, también es entender cómo ponerlo a trabajar para ti.

Escribir sobre esta experiencia es parte de lo que quiero lograr con este blog: mostrar que no necesitas ser un experto ni tener mucho dinero para empezar a invertir. Cometer errores es normal, pero aprender de ellos y empezar pequeño puede marcar la diferencia.
Hoy, sigo usando esa app y otras herramientas similares, pero con más conocimiento y disciplina. Cada vez que aprendo algo nuevo, pienso en lo útil que sería haberlo sabido cuando empecé. Y ese es el objetivo de este blog: compartir experiencias reales para que otros jóvenes puedan tomar decisiones más informadas y evitar errores innecesarios.
Invertir puede sonar complicado o intimidante, pero mi primera experiencia me enseñó que lo importante es empezar, aprender y mantener la constancia, incluso si es con cantidades pequeñas. Es una lección que, si la aplicas temprano, puede ayudarte a construir hábitos financieros sólidos que te acompañen toda la vida.
